Esta es la historia de Mary Toft, una campesina que encontrándose en estado de gestación, trabajaba un día en la labranza, cuando de entre las hierbas saltó un conejo y la asustó. Sin saberse a ciencia cierta el porqué, aquel suceso hizo a la embarazada desear un conejo. Y, oh sorpresa, que cinco meses después el antojo se vió cumplido. Llegado el momento del parto, no sólo tuvo un gazapo en lugar de un hijo, sino que al primero le siguieron otros tantos después.

Proclamado a los cuatro vientos tan extraño acontecimiento, el relato de lo ocurrido interesó a St. André, distinguido médico empleado en la corte del Rey. Además, por orden del monarca tuvo que acudir a enterarse personalmente, y así fué como el propio St. André, colaboró en el alumbramiento de otro medio conejo. Medio, porque la mitad restante correspondería a la comadrona el mérito de obtenerla.

Entre las muchas personas que acudían a presenciar a esa mujer que no paraba de alumbrar conejos, se encontró en una ocasión Sir Ricardo. Este, sin embargo, no fué tan afortunado como otros visitantes, pues en su presencia nunca nacería conejito alguno. Y como su fé en aquel suceso no era lo suficientemente ciega como para creérselo, ordenó que Mary Toft fuese trasladada a la capital del reino.

Escaso tiempo había transcurrido desde su llegada a Londres, cuando la singular mujer manifestó síntomas de un nuevo alumbramiento.

Tal circunstacia fue aprovechada entonces por Sir Ricardo para hacerla un reconocimiento y de este no sacó más conclusión que el no entender nada de todo aquello; tanto útero como vagina estaban completamente huecos, por lo que si no existía embarazo alguno ¿ De donde provenían los dolores que la mujer ponía de manifiesto?

Agotada la paciencia de Sir Ricardo, se preocupó él mismo de diseccionar varios conejos y fué entonces cuando pudo comprobar que en el interior de los intestinos de aquellos gazapos había paja, grano y heno. Es decir, que su procedencia era tan campestre como la del más común de los conejos.

El más perjudicado de toda esta historia fué St. André, que como puede suponerse, dejó de practicar la cirugía a las órdenes de Su Majestad. Del monarca y de nadie más, gracias a una sociedad que se escacharraba de risa, al tiempo que le otorgaba el malintencionado título de "doctor de los conejos".