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La Coctelera

MEDYSALUD y el lado más curioso de la salud

Hay otras formas de informar sobre salud

Categoría: La salud en otros tiempos

18 Junio 2008

Tú misma

Que cada uno lo interprete como quiera. Porque en este caso, no sé si hacerlo como una exaltación de la virilidad del hombre, o de ese afán por deprestigiarlo que se empeña en convencer de lo poco que vale su contribución en eso del embarazo. Sea como fuere, parece que cada día somos menos necesarios. Y si no, lean:

"Lo que ha dado lugar a los teólogos, a los jurisconsultos y a algunos médicos a creer que una mujer podía engendrar sin la aplicación de las partes naturales del hombre, son sin duda las historias que Averroes, Amatus, Lucitamus y Delrio nos han dejado por escrito de una joven que quedó embarazada por haberse bañado en el agua donde se había polucionado, de otra que quedó embarazada por las caricias de una de sus compañeras que salía de los brazos de su marido y, por fin, de una muchacha que se encontró embarazada, pues su padre polucionó por casualidad en la misma cama donde ella dormía".

No somos nadie.

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18 Junio 2008

El lecho celestial

Dos porteros gigantes vestidos con mallas de acero, daban la bienvenida a todo el que quisiera entrar. Porque según decía su propietario, Jacobo Graham, las puertas de su morada estaban abiertas lo mismo al pobre que al rico. El único tributo que debían pagar era la ínfima cantidad de seis libras y así, una vez llevada a cabo tan trivial formalidad, unos y otros eran conducidos al departamento del Gran Apolo.

Allí les esperaban unos suaves compases musicales, antes de que apareciera en escena un sacerdote, el cual ensimismaba a la concurrencia durante dos horas con su bien preparado discurso. Como fin de la función, surgía del suelo un enorme “espectro” que entregaba a Graham el famoso “bálsamo etéreo”, mágico remedio al que se le achacaba el poder de originar la fecundidad. Además, por si el uso del milagroso bálsamo inexplicablemente no proporcionara la deseada concepción, quedaba todavía un remedio infalible, la maravilla de las maravillas, el Lecho Celestial.

Se encontraba este situado en el centro de una espaciosa estancia, apoyado sobre seis pilares de cristal, y todo él forrado de raso azul. Olorosas fragancias perfumaban el aire de aquel auténtico nido de amor, en tanto se llenaba de sonidos gracias a una armoniosa melodía, que interpretada con orquesta de cuerda procedía de la sala contigua.

Así todo dispuesto, tan pronto como la pareja se sumergía en aquel lecho que les llenaría de ardor, ante el más mínimo movimiento pasional el lecho oscilaba rítmicamente. Y mientras esto ocurría, corrientes eléctricas lo recorrían de arriba abajo y de abajo arriba, con una intensidad que variaba según la desenfrenada actividad de sus ocupantes. Cuanto más fuerte el pasional abrazo, más intenso el calambrazo, hasta conseguir provocar que el denominado “moment critique” llegara a convertirse en “l`heure critique”.

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18 Junio 2008

La saltimbanqui

"He observado un semen que había permanecido seis días en el útero y que cayó fuera…

En casa de una mujer que yo conocía, vivía una saltimbanqui muy apreciada, que comerciaba con los hombres y que no podía quedar embarazada para no perder su valor. Esta saltimbanqui había oído lo que las mujeres dicen entre ellas, o sea, que cuando una mujer concibe, el semen no sale sino permanece dentro. Habiendo oído estas cosas, las comprendió y las retuvo.

Un día, se dio cuenta de que el semen no salía, se lo dijo a la dueña de la casa y ese rumor llegó hasta mí. Así informado le ordené saltar, de forma que los talones tocaran las nalgas. Había saltado siete veces, cuando la simiente cayó al suelo haciendo ruido. Al verla, la mujer se extrañó muchísimo. Voy a decir como era el producto: se parecía a un huevo al que se le hubiera quitado la cáscara exterior."

Y de esta forma cuenta Hipócrates como incumplió por vez primera su propio y famoso juramento. Aquel en el que condenaba claramente ciertas prácticas, cuando decía: “jamás daré a las mujeres un pesario abortivo. Conservaré mi vida y mi profesión puras y sanas”.

"Siempre que enseñes, enseña a dudar de lo que enseñas" afirmaría muchos siglos después Ortega y Gasset

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18 Junio 2008

Librarse de la fatal gordura

Hablemos en este caso de ese pequeño forro de tela, que según dictaban los cánones renacentistas, era menester conservarlo en una bolsa que a su vez, debía llevarse siempre guardada en el bolsillo del chaleco.

Sería hacia 1.774, cuando aquellas membranas de cordero que ponían el alma en reposo, comenzaron la imparable andadura hacia su popularización. Así, el ilustrado siglo en que tan a la moda estuvieran las enfermedades galantes, vió como el pueblo francés se refería al provechoso complemento hablando de casacas y capotes ingleses, mientras por el contrario, en Inglaterra primaba el término “condon".

Sin embargo, ese que preservara a cien mil y un hombres de las galanterías y a otras tantas mujeres librara de la fatal gordura, traía forzosamente emparejado ser una ardua coraza que borraba los rasgos del placer. Y por ello, no pocos libertinos preferían incluso echar un envite a la infección, antes que entrar en liza con tan acorazada pica.

En semejante grupo habría de incluirse al mismísimo Casanova, que en sus memorias narra cómo durante la visita que hizo a tres jóvenes doncellas de un albergue, el síndico, indivíduo extremadamente cuidadoso, extrajo de su bolsillo un paquete de finos capotes ingleses y acto seguido realizó un largo elogio del invento. Aquellas lozanas vendedoras de olvido e ilusión, algo sabían ya sobre tales escudos que se oponían a los trazos venenosos del amor y pronto dejaron constancia de su regocijo por la cortés gentileza. Y durante un rato se dedicaron a juguetear con el mustio capuchón que tantas risas les provocaba, especialmente al ver la forma que cogía cuando el aire de sus pulmones lo penetraba.

Sin embargo, tras permitirles esos momentos consagrados a la inocente diversión, el célebre aventurero no pudo más que exclamar: “amables señoritas, estimo vuestra belleza, pero no esperéis verme consentir encerrarme en un pedazo de piel muerta, para tener la suerte de probaros que estoy perfectamente vivo".

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18 Junio 2008

No se como ocurrió

La costumbre del baño. Una medida higiénica que sin embargo no nació pensando en la salud, sino en el puro placer. El placer de tomarse un buen baño. Y mejor todavía, si se hace acompañado. Pregunten si no a los romanos, cómo se lo pasaban en el baño. Aunque a decir verdad, los testimonios que han llegado a nuestros días, puede que sean un poco exagerados. Vease un ejemplo:

"Dos muchachas, en Italia, quedaron las dos embarazadas, una bañándose, y la otra lavando, a causa de que dos hombres se bañaron también en la misma agua. No sé cómo ocurrió esto, pero es seguro que sin que ocurriera nada entre ellos, vírgenes como eran, no dejaron de convertirse en madres, sin dejar de ser vírgenes"

Pues yo sí sé como ocurrió. Ay pillinas, mucho morro…

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18 Junio 2008

El doctor de los conejos

Esta es la historia de Mary Toft, una campesina que encontrándose en estado de gestación, trabajaba un día en la labranza, cuando de entre las hierbas saltó un conejo y la asustó. Sin saberse a ciencia cierta el porqué, aquel suceso hizo a la embarazada desear un conejo. Y, oh sorpresa, que cinco meses después el antojo se vió cumplido. Llegado el momento del parto, no sólo tuvo un gazapo en lugar de un hijo, sino que al primero le siguieron otros tantos después.

Proclamado a los cuatro vientos tan extraño acontecimiento, el relato de lo ocurrido interesó a St. André, distinguido médico empleado en la corte del Rey. Además, por orden del monarca tuvo que acudir a enterarse personalmente, y así fué como el propio St. André, colaboró en el alumbramiento de otro medio conejo. Medio, porque la mitad restante correspondería a la comadrona el mérito de obtenerla.

Entre las muchas personas que acudían a presenciar a esa mujer que no paraba de alumbrar conejos, se encontró en una ocasión Sir Ricardo. Este, sin embargo, no fué tan afortunado como otros visitantes, pues en su presencia nunca nacería conejito alguno. Y como su fé en aquel suceso no era lo suficientemente ciega como para creérselo, ordenó que Mary Toft fuese trasladada a la capital del reino.

Escaso tiempo había transcurrido desde su llegada a Londres, cuando la singular mujer manifestó síntomas de un nuevo alumbramiento.

Tal circunstacia fue aprovechada entonces por Sir Ricardo para hacerla un reconocimiento y de este no sacó más conclusión que el no entender nada de todo aquello; tanto útero como vagina estaban completamente huecos, por lo que si no existía embarazo alguno ¿ De donde provenían los dolores que la mujer ponía de manifiesto?

Agotada la paciencia de Sir Ricardo, se preocupó él mismo de diseccionar varios conejos y fué entonces cuando pudo comprobar que en el interior de los intestinos de aquellos gazapos había paja, grano y heno. Es decir, que su procedencia era tan campestre como la del más común de los conejos.

El más perjudicado de toda esta historia fué St. André, que como puede suponerse, dejó de practicar la cirugía a las órdenes de Su Majestad. Del monarca y de nadie más, gracias a una sociedad que se escacharraba de risa, al tiempo que le otorgaba el malintencionado título de "doctor de los conejos".

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18 Junio 2008

El soplo de viento

La ciencia no lo ha conseguido hasta el momento, aunque, por el camino que lleva, no dudo que acabará consiguiéndolo. Sólo tienen que serguir la pista que en su día dieron de Avicena y Galeno:

"La mujer es la única sustancia y alimento del feto. El hombre no entra en la generación, ni más ni menos que como un accidente que sucede a una sustancia. Algunos sectarios creen que la mujer puede engendrar sin la participación del hombre, que está de más; es la creencia de los turcos y de los mahometanos, entre los cuales muchos de ellos pasan por haber sido concebidos sin la cooperación de ningún hombre. Se dice, además, que hay ciertas islas en donde muchas mujeres, a través de un soplo de viento, conciben y engendran".

He aquí el sueño dorado de quienes defienden radicalmente el feminismo.

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18 Junio 2008

Dos niños a la vez

Aristóteles defendía en su tiempo, que tan pronto como la fertilidad de hombre y mujer era recibida en la matriz, esta se cerraba estrechamente para que no saliera y pudiera desarrollarse la nueva criatura.

Pero Plinio, contemporáneo suyo, fue más lejos. Porque según él, si cerrada la matriz un tiempo después hombre y mujer se unían otra vez, la matriz se abría de nuevo para que ambos volvieran a depositar su simiente fértil. Y así, decía Plinio, es como se explica que una mujer hiciera un niño que tenía nueve meses y otro que tenía cinco, los dos a la vez. Como también así se explica, que una mujer diera a luz dos niños, uno parecido a su padre y el otro a su querido.

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